Alrededor de hace dos meses, la sobrevalorada “fiebre mundialista” inundó las noticias, las redes sociales y los hogares (y la nevera con cervezas… en mi caso). Soy el primero en criticar lo genérico y vacío en que la hiperdigitalización y la mierdificación lo han convertido todo, donde el fútbol también ha sufrido tal contaminacion. Aún así, alentar a mi selección nacional con una cerveza fría junto a mis amigos, o simplemente con mi esposa, se volvió casi un ritual semanal… bueno, hasta que nuestra selección fue eliminada.

Pero más allá del evento en sí, la verdadera diversión (cuando lo es, porque a veces no lo es en absoluto) es ponerse al día con amigos que no has visto en meses, reír un rato e incluso compartir los miedos de la vida adulta. Eso es algo que vale la pena atesorar. Honestamente, no soy de tener muchos amigos, no solo porque prefiera que sea así, sino porque mi esposa y yo simplemente no toleramos ciertas actitudes superficiales, o tal vez porque hay gente que tampoco nos soporta a nosotros. Fue una realidad que nos tomó tiempo comprender, o quizás solo fue cuestión de aceptarla y abrazar nuestra peculiaridad.


Fig 10. Un escondite planeado aquí, otro plan poco común que mi esposa y yo disfrutamos.

La respuesta esperada, el escondite planeado

Punto y aparte, durante uno de esos ágapes en nuestro hogar, un viejo amigo de la universidad me compartió su plan de querer publicar un libro que había escrito hace varios años. En ese ambiente de amistad, yo tampoco quería quedarme atrás, así que le hablé de esta página y de mi categórica posición frente al mal uso del internet en estos días. Le resumí el alivio que encuentro al escribir sobre ello, así como lo divertido que resulta compartir mis fotos analógicas de aficionado como parte de una respuesta categórica, pacífica pero casi insurgente, en contra del uso de las tecnologías actuales. La respuesta no me sorprendió, pero escucharla en voz alta no fue precisamente lo que esperaba tras compartir mi despacho: “Pero si es simplemente un blog”.

No logré el efecto esperado, ni siquiera al mostrarle el zine que mi esposa amorosamente hizo para mí como parte de mi regalo de cumpleaños, lleno de fotografías tomadas de este despacho. De hecho, desde los inicios de la construcción de esta página, la idea era clara: no publicitarla ni hablar de ella dentro de mi círculo de amigos que comparte ese común denominador de estandarización orientado a la utilidad y la funcionalidad, ese molde en el que fuimos formados poniendo nuestros cerebros en una caja, esperando siempre encajar en el mundo. Ya sabemos bien que estoy tratando de abrir los ojos y dirigirme por otros caminos, y aún me queda mucho por hacer para lograrlo.

Un par de días después, le escribí y le pregunté si recordaba algo de mi despacho. Curiosamente, él respondió que ya lo había olvidado hasta que se lo mencioné. Así que le respondí: “Mejor aún, mantengámoslo así”.


Fig 11. Lo mismo en mi cabeza, múltiples opiniones por la misma 'linea'.

La dualidad con el mismo corbatín

Después de esa pequeña conversación, este artículo finalmente cobró su forma definitiva: planteando la dualidad del desarrollador de software que debe sonreír frente a toda propuesta técnica, organizacional o corporativa inherente al negocio de la tecnología misma. Si critico estas cosas dentro de mi círculo cercano de amigos (con ese común denominador “estandarizado” que mencioné previamente), termino siendo señalado por estar equivocado o no pensar como ellos. Digo dualidad porque la otra cara es este despacho de un tipo en corbatín que se opone, que comparte opiniones, que busca algo diferente en los 1s y 0s que escribe y publica, y que quiere mantenerse en el anonimato… pero que también busca ser reconocido por alguien que diga: “‍¿Sabes algo? De hecho, eso cobra sentido ahora que lo mencionas” (o algo por el estilo).

Y aquí es donde el caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde deja de ser extraño y se vuelve predecible. Dato curioso: ambos usan corbatín, ambos se expresan igual y se ven igual. Pero, por los antiguos dioses y los nuevos, libran una batalla interna que intenta torpemente aliviar una molestia a través de estas letras que buscan sentirse analógicas, aun a sabiendas de que, al final del día, son solo parte de un archivo digital que intenta exponer lo viciado que está el uso de este mismo medio.


El Caso Predecible

Me refiero a predecible desde el momento en que enciendo mi portátil. Al momento de abrir mi navegador web, me encuentro con dos íconos de usuario: uno con mi perfil personal, donde se encuentran mis accesos bancarios, correo, cuentas de videojuegos, YouTube e incluso el acceso al tóxico LinkedIn para la búsqueda de trabajo; y está el otro, libre de cualquier otra cuenta, que solo mantiene los accesos para administrar esta página y cargar los contenidos de fotos y artículos que publico.

Cuando veo esos dos perfiles, a veces me pregunto: ¿Cuál de los dos es el real y cuál es el oculto? O incluso, ¿cuál es el que quiero que sea el real? Porque, desafortunadamente, uno paga las cuentas y el otro trata de pensar libremente. También me pregunto por qué existe la necesidad de mantenerlos separados, escondiéndome detrás de una cámara analógica con un apodo Wesandersoniano (o eso creo yo), impulsado por esa misma paradoja de que, muy en el fondo y más allá de mis esfuerzos por mantenerme anónimo, también busco que estas opiniones peculiares sean reconocidas y logren hacer alguna diferencia.

  • “Siempre tienes algo que decir, aprovéchalo”
    • (Dice mi encantadora esposa)